viernes, 28 de agosto de 2009

Como solía hacer cada noche, se sentó a ver pasar las horas, mirando de vez en cuando hacia la ventana. Había llegado el invierno, aunque sólo en su corazón. Era una noche de primavera en las nubes volvieron a llorar y olía a tierra mojada. De alguna manera le reconfortaba escuchar los golpes de las gotas al chocar contra el cristal. De pronto, un ruidoso relámpago rompió con toda su furia con el apaciguador silencio que le rodeaba, por un momento creyó que estaba vivo de nuevo, pues ello le hizo estar a punto de dar un pequeño salto. En vez de pensar en ello, miró de nuevo impasivo desde su ventana. Otra cosa que le hacía sentir levemente mejor, o siendo sinceros, un poco menos mal, era ver golpear las hojas húmedas de un árbol que se hospedaba justo en frente de su casa, mecidas por el viento, que, incesante, jugueteaba con aquellas hojas como lo hacen los hermanos entre ellos. Se sentía todavía un poco orgulloso, pues había sido siempre un combatiente digno y había soportado inimaginables penúrias de todos los tipos: rubias, morenas... ¡hasta incluso pelirrojas! Pero su último combate le dejó peor que derrotado, lo dejó sin ganas de volver a combatir, compadeciéndose de sí mismo minuto a minuto, segundo a segundo, alternando por momentos entre esta vida y la otra. Sin embargo, entre lastimeos e interrumpidas copas de whisky, tras otra larga noche, vio que empezaba a amanecer. "Siempre vuelve a amanecer", se dijo y una pequeña sonrisa se pudo dibujar en la comisura de sus labios y pese a que no lo hizo, el simple hecho de que fuese posible le resultaba alentador, sólo alentador.

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